MarÃa
MarÃa Los primeros rayos del Sol al levantarse, trataban en vano de desgarrar la densa neblina que como un velo inmenso y vaporoso pendÃa desde las crestas de las montañas, extendiéndose flotante hasta las llanuras lejanas. Sobre los montes occidentales, limpios y azules, amarillearon luego los templos de Cali, y al pie de las faldas blanqueaban cual rebaños agrupados los pueblecillos de Yumbo y Vijes.
Juan Angel, después de haberme traÃdo el café y ensillado mi caballo negro, que impaciente ennegrecÃa con sus pisadas el gramal del pie del naranjo a que estaba atado, me esperaba lloroso, recostado contra la puerta de mi cuarto, con las polainas y los espolines en las manos: al calzármelos, su lloro caÃa en gruesas gotas sobre mis pies.
—No llores —le dije, dando trabajosamente seguridad a mi voz—: cuando yo regrese, ya serás hombre, y no te volverás a separar de mÃ. Mientras tanto, todos te querrán mucho en casa.
Era llegado el momento de reunir todas mis fuerzas. Mis espuelas resonaron en el salón, que estaba solo. Empujé la puerta entornada del costurero de mi madre, quien se lanzó del asiento en que estaba a mis brazos. Ella conocÃa que las demostraciones de su dolor podÃan hacer flaquear mi ánimo, y entre sollozo y sollozo trataba de hablarme de MarÃa y de hacerme tiernas promesas.