MarÃa
MarÃa Durante un año tuve dos veces cada mes cartas de MarÃa. Las últimas estaban llenas de melancolÃa tan profunda, que comparadas con ellas, las primeras que recibà parecÃan escritas en nuestros dÃas de felicidad.
En vano habÃa tratado de reanimarla diciéndole que esa tristeza destruirÃa su salud, por más que hasta entonces hubiese sido tan buena como me lo decÃa; en vano. «Yo sé que no puede faltar mucho para que yo te vea —me habÃa contestado—; desde ese dÃa ya no podré estar triste; estaré siempre a tu lado… No, no; nadie podrá volver a separarnos».
La carta que contenÃa esas palabras fue la única de ella que recibà en dos meses.
En los últimos dÃas de junio, una tarde se me presentó el señor A…, que acababa de llegar de ParÃs y a quien no habÃa visto desde el pasado invierno.
—Le traigo a usted cartas de su casa —me dijo después de habernos abrazado.
—¿De tres correos?
—De uno solo. Debemos hablar algunas palabras antes —me observó reteniendo el paquete.
Noté en su semblante algo siniestro que me turbó.
—He venido —añadió después de haberse paseado silencioso algunos instantes por el cuarto— a ayudarle a usted a disponer su regreso a América.