MarÃa
MarÃa Lorenzo me llamó a la madrugada: vio mi reloj y eran las tres. A favor de la luna, la noche parecÃa un dÃa opaco. A las cuatro, encomendados a la Virgen en las despedidas de Bibiano y de su hija, nos embarcamos.
—Aquà canta la verrugosa, compae —dijo Laureán a Cortico luego que hubimos navegado un corto trecho— saque afuerita, no vaya a tá armaa.
Todo el peligro para mà era que la vÃbora se entrase a la canoa, pues estaba defendido por el techo del rancho; pero agarrado por ella alguno de los bogas, el naufragio era probable.
Pasamos felizmente; mas, la verdad sea dicha, ninguno tranquilo.
El almuerzo de aquel dÃa fue copia del anterior, salvo el aumento del tapado que Gregorio habÃa prometido, potaje que preparó haciendo un hoyo en la playa, y una vez depositado en él, envuelto en hojas de bijao, la carne, plátanos y demás que debÃan componer el cocido, lo cubrió con tierra y encima de todo encendió un fogón.
Era increÃble que la navegación fuese más penosa en adelante que la que habÃamos hecho hasta allÃ; pero lo fue: en el Dagua es donde con toda propiedad puede decirse que no hay imposibles.