MarÃa
MarÃa Los botaderos empeoraron de condición por la tarde: como fuesen más y más descolgadas las corrientes a medida que nos acercábamos al Saltico, los bogas al cambiar de orilla impulsaban simultáneamente la canoa subiendo al mismo tiempo de un salto sobre ella, para empuñar las palancas; y abandonándolas en el instante, una vez atravesado el rÃo, impedÃan que nos arrebatara el raudal, enfurecido por haber dejado escapar una presa ya suya. Después de cada lance de esta especie, se hacÃa necesario arrojar de la canoa el agua que le habÃa entrado, operación que ejecutaban los bogas instantáneamente amagando dar un paso y volviendo a traer el pie avanzando hacia el firme, con lo cual salÃan de en medio de éstos plumadas de agua. Tales evoluciones y portentos gimnásticos asombraban ejecutados por Laureán, aunque él, por su estatura, con ceñirse una guirnalda de pámpanos, habrÃa podido pasar por el dios del rÃo; pero hechos por Gregorio, quien salvo su cara risueña siempre, parecÃa presentar la figura recortada de su compañero, con sus piernas que formaban al andar casi una «o», y cuyos pies encorvados hacia adentro eran más que pies, instrumentos de achicar, aquellos prodigios de agilidad causaban terror.