María
María Los peñascos escarpados de la Víbora, Delfina con su limpio riachuelo, que brotando del corazón de las montañas parece que mezcla después tímidamente sus corrientes con las impetuosas del Dagua, y el derrumbo del Arrayán, fueron quedando a la izquierda. Allí hubo necesidad de hacer alto para conseguir una palanca, pues Laureán acababa de romper su último repuesto. Hacía una hora que un aguacero nutrido nos acompañaba, y el río empezaba a traer cintas de espumas y algunas malezas menudas.
—La niña tá celosa —dijo Cortico cuando arrimamos a la playa.
Creí que se refería a una música tristísima y como ahogada, que parecía venir de la choza vecina.
—¿Qué niña es ésa? —le pregunté.
—Pue Pepita, mi amo.
Entonces caí en la cuenta de que se refería al hermoso río de ese nombre que se une al Dagua abajo del pueblo de Juntas.
—¿Por qué está celosa?
—¿No ve sumercé lo que baja?
—No.
—La creciente.
—¿Y por qué no es Dagua el celoso? Ella es muy linda y mejor que él.
Gregorio se rio antes de responderme: