María
María El amigo D…, antiguo dependiente de mi padre, me estaba esperando, avisado por el correísta que nos dio alcance en San Cipriano, de que yo debía llegar aquella tarde. Me condujo a su casa, en donde fui a esperar a Lorenzo y a los bogas. Estos quedaron muy contentos con «mi persona», como decía Gregorio. Debían madrugar al día siguiente, y se despidieron de mí de la manera más cordial y deseándome salud, después de apurar dos copas de cognac y de haberme recibido una carta para el Administrador.