MarÃa
MarÃa Hube de reunir todo el resto de mi valor para llamar a la puerta de la casa. Un paje abrió. Apeándome boté las bridas en sus manos y recorrà precipitadamente el zaguán y parte del corredor que me separaba de la entrada al salón: estaba oscuro. Me habÃa adelantado pocos pasos en él cuando oà un grito y me sentà abrazado.
—¡MarÃa! ¡Mi MarÃa! —exclamé estrechando contra mi corazón aquella cabeza entregada a mis caricias.
—¡Ay!, ¡No, no, Dios mÃo! —interrumpióme sollozando.
Y desprendiéndose de mi cuello cayó sobre el sofá inmediato: era Emma. VestÃa de negro, y la luna acababa de bañar su rostro lÃvido y regado de lágrimas.
Se abrió la puerta del aposento de mi madre en ese instante. Ella, balbuciente y palpándome con sus besos, me arrastró en los brazos al asiento donde Emma estaba muda e inmóvil.
—¿Dónde está, pues, donde está? —grité poniéndome en pie.
—¡Hijo de mi alma! —exclamó mi madre con el más hondo acento de ternura y volviendo a estrecharme contra su seno—: en el cielo.