MarÃa
MarÃa Me fue imposible darme cuenta de lo que por mà habÃa pasado, una noche que desperté en un lecho rodeado de personas y objetos que casi no podÃa distinguir. Una lámpara velada, cuya luz hacÃan más opaca las cortinas de la cama, difundÃa por la silenciosa habitación una claridad indecisa. Intenté en vano incorporarme: llamé, y sentà que estrechaban una de mis manos; torné a llamar, y el nombre que débilmente pronunciaba tuvo por respuesta un sollozo. VolvÃme hacia el lado de donde éste habÃa salido y reconocà a mi madre, cuya mirada anhelosa y llena de lágrimas estaba fija en mi rostro. Me hizo casi en secreto y con su más suave voz, muchas preguntas para cerciorarse de si estaba aliviado.
—¿Conque es verdad? —le dije cuando el recuerdo aún confuso de la última vez en que la habÃa visto, vino a mi memoria.
Sin responderme, reclinó la frente en el almohadón, uniendo asà nuestras cabezas.
Después de unos momentos tuve la crueldad de decirle:
—¡Asà me engañaron!… ¿A qué he venido?
—¿Y yo? —me interrumpió humedeciendo mi cuello con sus lágrimas.
Mas su dolor y su ternura no conseguÃan que algunas corriesen de mis ojos.