MarÃa
MarÃa Cuando levanté el rostro, me rodeaba una completa oscuridad. Abrà la puerta del aposento de mi madre, y mis espuelas resonaron lúgubremente en aquel recinto frÃo y oloroso a tumba. Entonces una fuerza nueva en mi dolor me hizo precipitar al oratorio. Iba a pedÃrsela a Dios… ¡ni El podÃa querer ya devolvérmela en la tierra! Iba a buscarla allà donde mis brazos la habÃan estrechado, donde por vez primera mis labios descansaran sobre su frente… La luz de la luna que se levantaba, penetrando por la celosÃa entreabierta, me dejó ver lo único que debÃa encontrar: el paño fúnebre medio rodado de la mesa donde su ataúd descansó: los restos de los cirios que habÃan alumbrado el túmulo… ¡el silencio sordo a mis gemidos, la eternidad muda ante mi dolor!