MarÃa
MarÃa Una persona de quien me ocultaban los rosales, pronunció mi nombre cerca de mÃ: era Tránsito. Al aproximárseme debió producirle espanto mi rostro, pues por unos momentos permaneció asombrada. La respuesta que di a la súplica que me hizo para que dejase aquel sitio, le reveló quizá con su amargura todo el desprecio que en tales instantes tenÃa yo por la vida. La pobre muchacha se puso a llorar sin insistir por el momento; pero reanimada, balbució con la voz doliente de una esclava quejosa:
—¿Tampoco quiere ver a Braulio ni a mi hijo?
—No llores, Tránsito, y perdóname —le dije. ¿Dónde están?
Ella estrechó una de mis manos sin haber enjugado todavÃa sus lágrimas, y me condujo al corredor del jardÃn, en donde su marido me esperaba. Después de que Braulio recibió mi abrazo, Tránsito puso en mis rodillas un precioso niño de seis meses, y arrodillada a mis pies sonreÃa a su hijo y me miraba complacida acariciar el fruto de sus inocentes amores.