MarÃa
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En la tarde del mismo dÃa se despidió de nosotros el doctor, después de dejar casi completamente restablecida a MarÃa y de haberle prescrito un régimen para evitar la repetición del acceso, aunque prometió visitar a la enferma con frecuencia. Yo sentÃa un alivio indecible al oÃrle asegurar que no habÃa peligro alguno, y por él, doble cariño del que hasta entonces le habÃa profesado, solamente porque tan pronta reposición pronosticaba a MarÃa. Entré a la habitación de ésta, luego que el médico y mi padre, que iba a acompañarlo en una legua de camino, se pusieron en marcha.
Estaba acabando de trenzarse los cabellos viéndose en un espejo que mi hermana sostenÃa sobre los almohadones. Apartando ruborizada el mueble me dijo:
—Estas no son ocupaciones de enferma, ¿no es verdad?, pero ya estoy buena. Espero no volver a ocasionarte un viaje tan peligroso como el de anoche.
—En ese viaje no ha habido peligros —le respondÃ.
—¡El rÃo, sÃ, el rÃo! Yo pensé en eso y tantas cosas que podÃan sucederte por causa mÃa.
—¿Un viaje de tres leguas? ¿Esto llamas?…
—Ese viaje en que has podido ahogarte, según refirió aquà el doctor, tan sorprendido, que aún no me habÃa pulsado y ya hablaba de eso. Tú y él al regreso habéis tenido que aguardar dos horas para que bajase el rÃo.
—El doctor a caballo es una maula; y su mula pacienzuda no es lo mismo que un buen caballo.
—El hombre que vive en la casita del paso —me interrumpió MarÃa— al reconocer esta mañana tu caballo negro, se admiró de que no se hubiese ahogado el jinete que anoche se botó al rÃo a tiempo que él le gritaba que no habÃa vado. ¡Ay! No, no, yo no quiero volver a enfermarme. ¿No te ha dicho el doctor que no tendré ya novedad?
—Sà —le respond×; y me ha prometido no dejar pasar dos dÃas seguidos en estos quince sin venir a verte.
—Entonces no tendrás que hacer otro viaje de noche. ¿Qué habrÃa yo hecho si…
—Me habrÃas llorado mucho, ¿no es verdad? —repliqué sonriéndome.
Miróme por algunos momentos, y yo agregué:
—¿Puedo acaso estar cierto de morir en cualquier tiempo convencido de…
—¿De qué?
Y adivinando lo demás en mi mirada:
—¡Siempre, siempre! —añadió casi en secreto, aparentando examinar los hermosos encajes de los almohadones.
—Y yo tengo cosas muy tristes que decirte —continuó después de unos momentos de silencio—; tan tristes, que son la causa de mi enfermedad. Tú estabas en la montaña… Mamá lo sabe todo; y yo oà que papá le decÃa a ella que mi madre habÃa muerto de un mal cuyo nombre no alcancé a oÃr; que tú estabas destinado a hacer una bella carrera; y que yo… ¡ah! yo no sé si es cierto lo que oÃ… será que no merezco que seas como eres conmigo.
De sus ojos velados rodaron a sus mejillas cálidas, lágrimas que se apresuró a enjugar.
—No digas eso, MarÃa, no lo pienses —le dije—; no; yo te lo suplico.
—Pero si yo lo he oÃdo, y después fue cuando no supe de mÃ… ¿Por qué, entonces?
—Mira, yo te ruego… yo… ¿Quieres permitirme te mande que no hables más de eso?
HabÃa dejado ella caer la frente sobre el brazo en que se apoyaba y cuya mano estrechaba yo entre las mÃas, cuando oà en la pieza inmediata el ruido de los ropajes de Emma, que se acercaba.
Aquella noche, a la hora de la cena, estábamos en el comedor mis hermanas y yo esperando a mis padres, que tardaban más tiempo del acostumbrado. Por último se les oyó hablar en el salón como dando fin a una conversación importante. La noble fisonomÃa de mi padre mostraba, en la ligera contracción de las extremidades de sus labios y en la pequeña arruga que por en medio de las cejas le surcaba la frente, que acababa de sostener una lucha moral que lo habÃa alterado. Mi madre estaba pálida, pero sin hacer el menor esfuerzo para mostrarse tranquila, me dijo al sentarse a la mesa:
—No me habÃa acordado de decirte que José estuvo esta mañana a vernos y a convidarte para una cacerÃa; mas cuando supo la novedad ocurrida, prometió volver mañana muy temprano. ¿Sabes tú si es cierto que se casa una de sus hijas?
—Tratará de consultarte su proyecto —observó distraÃdamente mi padre.
—Se trata probablemente de una cacerÃa de osos —le respondÃ.
—¿De osos? ¡Qué! ¿Cazas tú osos?
—SÃ, señor; es una cacerÃa divertida que he hecho con él algunas veces.
—En mi paÃs —repuso mi padre— te tendrÃan por un bárbaro o por un héroe.
—Y sin embargo, esa clase de partidas es menos peligrosa que la de venados, que se hace todos los dÃas y en todas partes; pues aquélla, en lugar de exigir los cazadores el que tiren a derrumbarse desatentados por entre breñas y cascadas, necesita solamente un poco de agilidad y punterÃa certera.
Mi padre, sin dejar ver ya en el semblante el ceño que antes tenÃa, habló de la manera como se cazan ciervos en Jamaica y de lo aficionados que habÃan sus parientes a esa clase de pasatiempo, distinguiéndose entre ellos, por su tenacidad, destreza y entusiasmo, Salomón, de quien nos refirió, riendo ya, algunas anécdotas.
Al levantarnos de la mesa, se acercó a mà para decirme:
—Tu madre y yo tenemos que hablar algo contigo; ven luego a mi cuarto.
A tiempo que entraba a él, mi padre escribÃa dando la espalda a mi madre, que se hallaba en la parte menos alumbrada de la habitación, sentada en la butaca que ocupaba siempre que se detenÃa allÃ.
—Siéntate —me dijo él, dejando por un momento de escribir y mirándome por encima de los espejuelos, que eran de vidrios blancos y fino engaste de oro.
Pasados algunos minutos, habiendo colocado cuidadosamente en su lugar el libro de cuentas en que estaba escribiendo, acercó un asiento al que yo ocupaba, y en voz baja habló asÃ:
—He querido que tu madre presencie esta conversación, porque se trata de un asunto grave sobre el cual tiene ella la misma opinión que yo.
Dirigióse a la puerta para entornarla y botar el cigarro que estaba fumando, y continuó de esta manera:
—Hace ya tres meses que estás con nosotros y solamente pasados dos más podrá el señor A… emprender su viaje a Europa, y con él es con quien debes irte. Esa demora, hasta cierto punto, nada significa; tanto porque es muy grato para nosotros tenerte a nuestro lado después de seis años de ausencia a que han de seguir otros, como porque observo con placer que aun aquÃ, es el estudio uno de tus goces predilectos. No puedo ocultarte, ni debo hacerlo, que he concebido grandes esperanzas, por tu carácter y aptitudes, de que coronarás lúcidamente la carrera que vas a seguir. No ignoras que pronto la familia necesitará de tu apoyo, con mayor razón después de la muerte de tu hermano.
Luego, haciendo una pausa, prosiguió:
—Hay algo en tu conducta que es preciso decirte no está bien; tú no tienes más que veinte años, y a esa edad un amor fomentado inconsideradamente podrÃa hacer ilusorias todas las esperanzas de que acabo de hablarte. Tú amas a MarÃa, y hace muchos dÃas que lo sé, como es natural. MarÃa es casi mi hija y yo no tendrÃa nada que observar si tu edad y posición nos permitieran pensar en un matrimonio; pero no lo permiten, y MarÃa es muy joven. No son únicamente éstos los obstáculos que se presentan; hay uno quizá insuperable, y es de mi deber hablarte de él. MarÃa puede arrastrarte y arrastrarnos contigo a una desgracia lamentable de que está amenazada. El doctor Mayn se atreve casi a asegurar que ella morirá joven del mismo mal a que sucumbió su madre: lo que sufrió ayer es un sÃncope epiléptico, que tomando incremento en cada acceso, terminará por una epilepsia del peor carácter conocido: eso dice el doctor. Responde tú ahora, meditando mucho lo que vas a decir a una sola pregunta; responde como hombre racional y caballero que eres; y que no sea lo que contestes dictado por una exaltación extraña a tu carácter, tratándose de tu porvenir y el de los tuyos. Sabes la opinión del médico, opinión que merece respeto por ser Mayn quien la da; te es conocida la suerte de la esposa de Salomón: si nosotros consintiéramos en ello, ¿te casarÃas hoy con MarÃa?
—SÃ, señor —le respondÃ.
—¿Lo arrostrarÃas todo?
—¡Todo, todo!
—Creo que no solamente hablo con un hijo sino con el caballero que en ti he tratado de formar.
Mi madre ocultó en ese momento el rostro en el pañuelo. Mi padre, enternecido tal vez por esas lágrimas y acaso también por la resolución que en mà encontraba, conociendo que la voz iba a faltarle, dejó por unos instantes de hablar.
—Pues bien —continuó—; puesto que esa noble resolución te anima, convendrás conmigo en que antes de cinco años no podrás ser esposo de MarÃa. No soy yo quien debe decirte que ella, después de haberte amado desde niña, te ama hoy de tal manera, que emociones intensas, nuevas para ella, son las que, según Mayn, han hecho aparecer los sÃntomas de la enfermedad: es decir que tu amor y el suyo necesitan precauciones y que en adelante exijo me prometas, para tu bien, puesto que tanto asà la amas, y para bien de ella, que seguirás los consejos del doctor, dados por si llegaba este caso. Nada le debes prometer a MarÃa, pues que la promesa de ser su esposo una vez cumplido el plazo que he señalado, harÃa vuestro trato más Ãntimo, que es precisamente lo que se trata de evitar. Inútiles son para ti más explicaciones: siguiendo esa conducta, puedes salvar a MarÃa; puedes evitarnos la desgracia de perderla.
—En recompensa de todo lo que te concedemos —dijo volviéndose a mi madre— debes prometerme lo siguiente: no hablar a MarÃa del peligro que la amenaza, ni revelarle nada de lo que esta noche ha pasado entre nosotros. Debes saber también mi opinión sobre tu matrimonio con ella, si su enfermedad persistiere después de tu regreso a este paÃs… pues vamos pronto a separarnos por algunos años: como padre tuyo y de MarÃa, no serÃa de mi aprobación ese enlace. Al expresar esta resolución irrevocable, no es por demás hacerte saber que Salomón, en los tres últimos años de su vida, consiguió formar un capital de alguna consideración, el cual está en mi poder destinado a servir de dote a su hija. Mas si ella muere antes de casarse, debe pasar aquél a manos de su abuela materna, que está en Kingston.
Mi padre se paseó algunos momentos por el cuarto. Creyendo yo concluida nuestra conferencia, me puse en pie para retirarme; pero él, volviendo a ocupar su asiento e indicándome el mÃo, reanudó su discurso asÃ:
—Hace cuatro dÃas que recibà una carta del señor de M… pidiéndome la mano de MarÃa para su hijo Carlos.
No pude ocultar la sorpresa que me causaron estas palabras. Mi padre se sonrió imperceptiblemente antes de agregar:
—El señor de M… da quince dÃas de término para aceptar o no su propuesta, durante los cuales vendrán a hacernos una visita que antes me tenÃan prometida. Todo te será fácil después de lo pactado entre nosotros. Buenas noches, pues —dijo poniéndome afectuosamente la mano sobre el hombro—: que seas muy feliz en tu cacerÃa; yo necesito la piel del oso que mates para ponerla a los pies de mi catre.
—Está bien —le respondÃ.
Mi madre me tendió la mano, y reteniendo la mÃa me dijo:
—Te esperamos temprano; ¡cuidado con esos animales!
Tantas emociones se habÃan sucedido agitándome en las últimas horas, que apenas podÃa darme cuenta de cada una de ellas, y me era imposible hacerme cargo de mi extraña y difÃcil situación.
¡MarÃa amenazada de muerte; prometida asà por recompensa a mi amor, mediante una ausencia terrible; prometida con la condición de amarla menos; yo obligado a moderar tan poderoso amor, amor adueñado para siempre de todo mi ser, so pena de verla desaparecer de la Tierra como una de las beldades fugitivas de mis sueños, y teniendo que aparecer en adelante ingrato e insensible tal vez a sus ojos, sólo por una conducta que la necesidad y la razón me obligaban a adoptar! Ya no podrÃa yo volver a oÃrle aquellas confidencias hechas con voz conmovida; mis labios no podrÃan tocar ni siquiera el extremo de una de sus trenzas. MÃa o de la muerte, entre la muerte y yo, un paso más para acercarme a ella serÃa perderla; dejarla llorar en abandono era un suplicio superior a mis fuerzas.
¡Corazón cobarde!, no fuiste capaz de dejarte consumir por aquel fuego que mal escondido podÃa agostarla… ¿Dónde está ella ahora, ahora que ya no palpitas; ahora que los dÃas y los años pasan sobre mà sin que sepa yo que te poseo?
Cumpliendo Juan Angel mis órdenes, llamó a la puerta de mi cuarto al amanecer.
—¿Cómo está la mañana? —le pregunté.
—Mala, mi amo; quiere llover.
—Bueno. Vete a la montaña y dile a José que no me espere hoy.
Cuando abrà la ventana, me arrepentà de haber enviado al negrito, quien silbando y tarareando bambucos iba a internarse en la primera mancha del bosque.
Soplaba de la sierra un viento frÃo y destemplado que sacudÃa los rosales y mecÃa los sauces, desviando en su vuelo a una que otra pareja de loros viajeros. Todas las aves, lujo del huerto en las mañanas alegres, callaban, y solamente los pellares revoloteaban en los prados vecinos, saludando con su canto al triste dÃa de invierno.
En breve las montañas desaparecieron bajo el velo ceniciento de una lluvia nutrida, que dejaba oÃr ya su creciente rumor al acercarse azotando los bosques. A la media hora, turbios y estrepitosos arroyos descendÃan peinando los pajonales de las laderas del otro lado del rÃo, que acrecentado, tronaba iracundo, y se divisaba en las lejanas revueltas amarillento, desbordado y undoso.
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