MarÃa
MarÃa Comprendiendo mi padre todo mi sufrimiento, se puso en pie para retirarse; mas antes de salir se acercó al lecho, y tomando el pulso de MarÃa, dijo:
—Todo ha pasado. ¡Pobre niña! Es exactamente el mismo mal que padeció su madre.
El pecho de MarÃa se elevó lentamente como para formar un sollozo, y al volver a su natural estado exhaló sólo un suspiro. Salido que hubo mi padre, coloquéme a la cabecera del lecho, y olvidándome de mi madre y de Emma, que permanecÃan silenciosas, tomé de sobre el almohadón una de las manos de MarÃa, y la bañé en el torrente de mis lágrimas, hasta entonces contenido. MedÃa toda mi desgracia: era el mismo mal de su madre, que habÃa muerto muy joven atacada de una epilepsia incurable. Esta idea se adueñó de todo mi ser para quebrantarlo.