MarÃa
MarÃa
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Mi madre y Emma salieron al corredor a recibirme. Mi padre habÃa montado para ir a visitar los trabajos.
A poco rato se me llamó al comedor, y no tardé en acudir porque allà esperaba encontrar a MarÃa pero me engañé; y como le preguntase a mi madre por ella, me respondió:
—Como esos señores vienen mañana, las muchachas están afanadas por que queden muy bien hechos unos dulces; creo que han acabado ya y que vendrán ahora.
Iba a levantarme de la mesa cuando José, que subÃa del valle a la montaña arreando dos mulas cargadas de cañabrava, se paró en el altico desde el cual se divisaba el interior, y me gritó:
—¡Buenas tardes! No puedo llegar, porque llevo una chúcara y se me hace noche. Ahà le dejo un recado con las niñas. Madrugue mucho mañana, porque la cosa está segura.
—Bien —le contesté—; iré muy temprano; saludes a todos.
—¡No se olvide de los balines!
Y saludándome con el sombrero continuó subiendo.
DirigÃme a mi cuarto a preparar la escopeta, no tanto porque ella necesitase de limpieza cuanto por buscar pretexto para no permanecer en el comedor, en donde al fin no se presentó MarÃa.
TenÃa yo abierta en la mano una cajilla de pistones cuando vi a MarÃa venir hacia mà trayéndome el café, que probó con la cucharilla antes de verme.
Los pistones se me regaron por el suelo apenas se acercó.
Sin resolverse a mirarme, me dio las buenas tardes, y colocando con mano insegura el platito y la taza en la baranda, buscó por un instante con ojos cobardes los mÃos, que la hicieron sonrojar; y entonces, arrodillada, se puso a recoger los pistones.
—No hagas tú eso —le dije—; yo lo haré después.
—Yo tengo muy buenos ojos para buscar cosas chiquitas —respondió—; a ver la cajita.
Alargó el brazo para recibirla, exclamando al verla:
—¡Ay! ¡Si se han regado todos!
—No estaba llena —le observé ayudándole.
—Y que se necesitan mañana de éstos —dijo soplándoles el polvo a los que tenÃa en la sonrosada palma de una de sus manos.
—¿Por qué mañana y por qué de éstos?
—Porque como esa cacerÃa es peligrosa, se me figura que errar un tiro serÃa terrible, y conozco por la cajita que éstos son los que el doctor te regaló el otro dÃa diciendo que eran ingleses y muy buenos…
—Tú lo oyes todo.
—Algo hubiera dado algunas veces por no oÃr. Tal vez serÃa mejor no ir a esa cacerÃa… José te dejó un recado con nosotras.
—¿Quieres tú que no vaya?
—¿Y cómo podrÃa yo exigir eso?
—¿Por qué no?
Miróme y no respondió.
—Ya me parece que no hay más —dijo poniéndose en pie y mirando el suelo a su alrededor—; yo me voy. El café estará ya frÃo.
—Pruébalo.
—Pero no acabes de cargar esa escopeta ahora…
Está bueno —añadió tocando la taza.
—Voy a guardar la escopeta y a tomarlo; pero no te vayas.
Yo habÃa entrado a mi cuarto y vuelto a salir.
—Hay mucho que hacer allá dentro.
—Ah, sà —le contesté—; preparar postres y las galas para mañana. ¿Te vas, pues?
Hizo con los hombros, inclinando al mismo tiempo la cabeza a un lado, un movimiento que significaba: como tú quieras.
—Yo te debo una explicación —le dije acercándome a ella—. ¿Quieres oÃrme?
—¿No digo que hay cosas que no quisiera oÃr? —contestó haciendo sonar los pistones dentro de la cajita.
—CreÃa que lo que yo…
—Es cierto eso que vas a decir, eso que crees.
—¿Qué?
—Que a ti sà debiera oÃrte; pero, esta vez, no.
—¡Qué mal habrás pensado de mà en estos dÃas!
Ella leÃa, sin contestarme, los letreros de la cajilla.
—Nada te diré, pues; pero dime qué te has supuesto.
—¿Para qué ya?
—¿Es decir que no me permites tampoco disculparme para contigo?
—Lo que quisiera saber es por qué has hecho eso; sin embargo, me da miedo saberlo por lo mismo que para nada he dado motivo; y siempre pensé que tendrÃas alguno que yo no debÃa saber… Mas como parece que estás contento otra vez… yo también estoy contenta.
—Yo no merezco que seas tan buena como eres conmigo.
—Quizá seré yo quien no merezca…
—He sido injusto contigo, y si lo permitieras, te pedirÃa de rodillas que me perdonaras.
Sus ojos velados hacÃa rato lucieron con toda su belleza, y exclamó:
—¡Ay! no, ¡Dios mÃo! Yo lo he olvidado todo… ¿oyes bien? ¡todo!
—Pero con una condición —añadió después de una corta pausa.
—La que quieras.
—El dÃa que yo haga o diga algo que te disguste, me lo dirás; y yo no volveré a hacerlo ni a decirlo. ¿No es muy fácil eso?
—¿Y yo no debo exigir de tu parte lo mismo?
—No, porque yo no puedo aconsejarte a ti, ni saber siempre si lo que pienso es lo mejor; además, tú sabes lo que voy a decirte, antes que te lo diga.
—¿Estás cierta, pues? ¿Vivirás convencida de que te quiero con toda mi alma? —le dije en voz baja y conmovida.
—SÃ, sà —respondió muy quedo; y casi tocándome los labios con una de sus manos para significarme que callara, dio algunos pasos hacia el salón.
—¿Qué vas a hacer? —le dije.
—¿No oyes que Juan me llama y llora porque no me encuentra?
Indecisa por un momento, en su sonrisa habÃa tal dulzura y tan amorosa languidez en su mirada, que ya habÃa ella desaparecido y aún la contemplaba yo extasiado.
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