MarÃa
MarÃa —Hoy es el dÃa de Braulio. El tiene mucha gana de verle hacer a usted una jugada, porque yo le he dicho que usted y yo llamamos errados los tiros cuando apuntamos a la frente de un oso y la bala se zampa por un ojo.
Rio estrepitosamente, dándole palmadas sobre el hombro a su sobrino.
—Bueno, y vámonos —continuó—: pero que lleve el negrito estas legumbres a la señora, porque yo me vuelvo; —y se echó a la espalda el cesto de Juan Angel, diciendo—: ¿Serán cosas dulces que la niña MarÃa pone para su primo?…
—Ahà vendrá algo que mi madre le envÃa a Luisa.
—Pero ¿qué es lo que ha tenido la niña? Yo la vi ayer a la pasada tan fresca y lúcida como siempre. Parece un botón de rosa de Castilla.
—Está buena ya.
—Y tú ¿qué haces ahà que no te largas, negritico? —dijo José a Juan Angel—. Carga con la guambÃa10 y vete, para que vuelvas pronto, porque más tarde no te conviene andar solo por aquÃ. No hay que decir nada allá abajo.
—¡Cuidado con no volver! —le grité cuando estaba él del otro lado del rÃo.
Juan Angel desapareció entre el carrizal como un guatÃn asustado.