Mi nombre es Emilia del Valle
Mi nombre es Emilia del Valle Su pluma se vuelve más feroz. Sus textos conmueven, indignan, despiertan conciencia. Pero en cada línea hay una parte de ella que se desangra. Porque escribir la guerra es también dejarse consumir por ella. Y Emilia, aunque fuerte, no es de piedra. Lleva el dolor como una herida luminosa, que no oculta pero tampoco muestra del todo.
Al final de esta parte, ya no es la misma. La niña del retrato ha muerto. La escritora ha nacido. Y su historia, por fin, empieza a tener sentido. Pero el precio ha sido alto. Y lo que viene no será más fácil.
Valparaíso, 1891. La ciudad vibra al borde del abismo. Las calles están cubiertas de cenizas invisibles: las de una guerra civil que no ha terminado de estallar del todo, pero ya ha destrozado vidas. Emilia camina entre cadáveres, columnas de humo, y ruinas morales. Ha dejado atrás la búsqueda de su padre. Ahora solo le importa narrar la verdad. Y sobrevivir.
Eric Whelan, más curtido y cínico que nunca, es su única constante. Juntos recorren los frentes, cruzan las barricadas, duermen en sótanos o en los vagones de tren. Emilia escribe con la sangre ajena y la propia. Describe soldados que se mueren sin saber por qué, madres que entierran a sus hijos con canciones, generales que se envenenan con poder.
