Paula
Paula En la cama del hospital, Paula sigue sin despertar. Y mientras Isabel escribe, el tiempo se dobla sobre sà mismo. Todo lo que se ganó se pone en duda. Porque el éxito, ante el rostro pálido de una hija dormida, no significa nada. Solo la palabra queda como asidero.
—Escribo para ti, Paula —le susurra—. Para que sepas quién eres. Para que no te pierdas cuando regreses.
En la aparente calma de Venezuela, Isabel intenta reconstruir su vida. Pero el exilio no borra las heridas, solo las oculta tras nuevas rutinas. Con su esposo Miguel, el padre de Paula y Nicolás, la relación se deshace en silencio. Él se vuelve distante, ella sigue siendo fuego. Se separan sin drama, como quien cierra una puerta que ya no cruje.
La escritura se transforma en oficio y refugio. Isabel viaja, publica, da conferencias. En un viaje a Estados Unidos conoce a Willie, abogado con alma de poeta y cuerpo de vikingo. —Eres una bruja —le dice—. Y ella sonrÃe, porque por fin alguien lo dice en voz alta.
Con Willie, Isabel vive un amor maduro y desafiante. Se trasladan a California, crean una familia mixta. Paula los acompaña, serena y luminosa. Se entrega a causas sociales, a la espiritualidad, a los otros. Ayuda a los niños en un colegio de monjas, estudia, trabaja como voluntaria. Es una mujer que parece tener una misión.
