Paula
Paula En ese infierno blanco, Isabel recuerda los dÃas en que Paula era niña, sus silencios, sus gestos de ternura. Se aferra a cada memoria como quien guarda calor en medio de una tormenta helada. Pero sabe que el desenlace puede ser irreversible. Y sin embargo, escribe.
—La escritura es mi oración —piensa—, mi forma de no rendirme.
Y en medio de esa guerra interna, donde la fe y la desesperación se disparan mutuamente, Isabel comienza a comprender: no es solo a su hija a quien está tratando de salvar. También está salvando su propia historia, su propia cordura.
Los dÃas se vuelven indistintos. Isabel vive entre pasillos de hospital, noches sin sueños y respiraciones mecánicas. Paula sigue en coma, atrapada en una tierra sin tiempo. Cada mañana, Isabel se despierta esperando un milagro, y cada noche escribe para no enloquecer. —Tu cuerpo está aquÃ, pero ¿dónde estás tú, hija?
Los médicos hablan de daño cerebral, de sistemas colapsados, de esperanzas escasas. Isabel no les cree. Los mira como si fueran extranjeros, incapaces de entender que su hija no es solo un cuerpo, sino un alma luminosa. Comienza a hablarle en silencio, a través de las historias. —Tal vez si te cuento todo lo que fuiste, puedas encontrar el camino de regreso.
