Paula
Paula Paula ya no responde, pero Isabel sigue hablándole. Porque es eso o rendirse. Y rendirse no es una opción. Aunque el alma se le esté partiendo en miles de fragmentos, aunque el mundo se haya reducido a una cama blanca y una pantalla que registra signos vitales.
En esa quietud absoluta, Isabel descubre otra forma de resistencia. Una que no grita, ni exige, ni suplica. Solo permanece. Como un faro encendido en medio de la niebla.
Porque mientras Paula respire, aunque sea por una máquina, la historia no ha terminado.
El tiempo se vuelve irreversible. Isabel lo siente en cada visita médica, en cada silencio de los especialistas, en cada nuevo deterioro del cuerpo de Paula. Los órganos resisten por inercia, sostenidos por máquinas. Pero su hija ya no está. No del modo en que solÃa estar. Y entonces, lo inevitable se impone: Isabel debe tomar una decisión.
No hay milagros, ni regresos mágicos. Solo una certeza helada: Paula no volverá.
—No se puede vivir sin recuerdos —escribe—, y tú los has perdido todos.
