Paula
Paula Mientras escribe, Isabel no oculta su angustia. Camina por los pasillos del hospital como una sonámbula, acechando médicos, suplicando señales. —¿Dónde andas, Paula? —le pregunta al cuerpo inmóvil de su hija—. ¿Cómo serás cuando despiertes?
Cada palabra es una plegaria disfrazada de anécdota. No sabe si Paula la oirá, si alguna vez leerá estas lÃneas, pero escribir se convierte en su única forma de resistencia. —Mi vida se hace al contarla —dice—, lo que no pongo en palabras lo borra el tiempo.
En el fondo, Isabel no solo le habla a Paula. Le habla a la muerte. La reta. Le ofrece la historia de una familia marcada por la locura, la guerra y el amor. Como si con eso pudiera comprar el regreso de su hija. Como si al nombrarla, pudiera evitar su desaparición.
La historia se desplaza hacia la juventud de la madre de Isabel, aquella niña educada entre flores, novenas y Tarot, que creció sin saber lo que la esperaba. Bella, dócil y protegida, fue casada joven con Tomás, un diplomático carismático pero envuelto en un halo de secretos. —No se case, hija, por favor piénselo mejor —le dijo el Tata al pie del altar—. Hágame una señal y yo me encargo de deshacer esta pelotera.
