Harry Potter y la cámara secreta
Harry Potter y la cámara secreta El monstruo avanzó, y Harry, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, supo que el enfrentamiento final había comenzado. Pero aún quedaba algo más: un fragmento de verdad enterrado en el centro de esta pesadilla. Una verdad que cambiaría todo.
El aire en la Cámara era denso, cargado de peligro. Las serpientes esculpidas en las paredes parecían moverse en la penumbra, y el rugido sordo del basilisco retumbaba como una amenaza viva. Harry apretó el Sombrero Seleccionador entre las manos, buscando desesperadamente una solución mientras los ojos de Tom Riddle, brillantes y crueles, lo observaban con una calma inquietante.
—No hay escapatoria, Harry Potter —dijo Riddle, con su varita etérea apuntando hacia Ginny—. El basilisco acabará contigo, y mi reinado comenzará.
El monstruo avanzó, su cuerpo sinuoso y mortal deslizándose por las sombras. Sus colmillos, afilados como dagas, reflejaban la escasa luz de la Cámara. Harry, con el corazón martillando en su pecho, no retrocedió.
Fawkes, el fénix, descendió como una llama viva, lanzándose sobre la serpiente y cegándola con un feroz ataque a sus ojos. El basilisco rugió, sacudiendo la Cámara con su furia, y Harry vio su oportunidad. De las profundidades del Sombrero Seleccionador emergió una espada reluciente, la espada de Godric Gryffindor.