Harry Potter y la piedra filosofal
Harry Potter y la piedra filosofal Una vez, durante un verano particularmente caluroso, Harry había deseado que el cabello que su tía Petunia le había cortado hasta casi dejarlo calvo volviera a crecer. A la mañana siguiente, su cabello estaba como siempre: alborotado y completo. Petunia lo había mirado como si fuera un insecto peligroso y lo obligó a quedarse sin comer por tres días. Luego estaba la vez que Dudley y su pandilla lo perseguían y, de repente, Harry apareció en el tejado del colegio. “¿¡Qué has hecho ahora!?”, le gritó su tío, pero Harry no sabía cómo explicarlo. Ni siquiera él entendía lo que ocurría. Lo único que sabía era que esas cosas lo hacían aún más detestable para los Dursley.
Dudley, el primo de Harry, era el centro del universo de los Dursley. Un niño rubicundo y malcriado, con la costumbre de exigir todo lo que quería y el talento de hacer la vida de Harry un infierno. “¡Mamá, Harry está respirando muy fuerte!”, se quejaba, y la tía Petunia le lanzaba una mirada asesina al chico debajo de las escaleras. “¡Harry! ¡Deja de molestar a Dudley!”, gritaba. A Harry no le sorprendía que su primo tuviera dos habitaciones mientras él apenas cabía en su propio “cuarto”.
