Harry Potter y la piedra filosofal
Harry Potter y la piedra filosofal Harry, paralizado por la escena, no podía apartar la vista del gigante. Era aterrador y fascinante a la vez. Entonces, Hagrid lo miró directamente, y su rostro duro se suavizó con una sonrisa cálida.
—¡Harry! Al fin te encuentro. —Se inclinó hacia él, como si estuviera viendo a un viejo amigo—. Muchacho, no sabes cuánto tiempo he esperado este momento.
Harry, completamente desconcertado, solo pudo balbucear:
—¿Encontrarme? ¿Por qué?
Hagrid soltó una carcajada que resonó como un trueno.
—¡Porque eres un mago, Harry! —exclamó, con los ojos llenos de orgullo.
—¿Un qué? —preguntó Harry, como si hubiera oído mal.
—Un mago —repitió Hagrid con firmeza—. Y no cualquier mago. ¡Eres famoso!
Las palabras flotaron en el aire, pesadas y llenas de misterio. Harry lo miró sin comprender. ¿Famoso? Dudley, que observaba todo desde una esquina, soltó un gruñido. Petunia y Vernon intercambiaron miradas de terror.
—Esto es absurdo —interrumpió el tío Vernon, su rostro rojo de ira—. ¡No queremos saber nada de brujerías y tonterías!
