Daisy Miller
Daisy Miller —Daisy está totalmente entusiasmada. Ha entrado en sociedad, en la alta sociedad. Conoce a todo el mundo. Ha hecho gran número de amistades. Desde luego, danza más de lo que yo quisiera, pero tengo que advertir que ha sido siempre muy sociable y disfruta lo que le corresponde. Tiene una extensa corte de caballeros. Asà piensa que no hay nada igual a Roma. Por supuesto, que es un buen motivo de satisfacción para una señorita el reconocimiento de tantos caballeros.
En este momento, Daisy volvió a prestar atención a Winterbourne.
—Estaba explicando a la señora Walker a qué se debe su presencia aquà —anunció la joven.
—¿Y cuáles son las razones que da usted a la señora Walker? —preguntó Winterbourne, casi enojado con Daisy al saber que en su viaje para Roma habÃa pasado por ciudades como Bolonia y Florencia sin detenerse, impulsada por un sentimiento de impaciencia—. Me hace usted recordar lo que en cierta ocasión me dijo un compatriota acerca de nuestras mujeres norteamericanas (las más hermosas, lo que da mayor amplitud al axioma) y fue que eran las más exactas en el mundo y las peor dotadas en cuanto al sentimiento del deber.
—¿Por qué se mostró usted tan tÃmido cuando le conocà en Vevey? —dijo Daisy—. Usted no querÃa hacer nada, ni siquiera accedió a permanecer allà cuando se lo propuse.