El Alumno

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II

El viernes los vio a todos, tal y como había prometido la señora Moreen, puesto que su marido había vuelto y las chicas y el otro hijo se encontraban en casa. El señor Moreen tenía el bigote blanco, buenos modales y lucía en su ojal el galón de una orden extranjera concedida, según supo Pemberton con el tiempo, por servicios prestados. En qué habían consistido aquellos servicios nunca lo tuvo claro: era éste un asunto —uno entre otros muchos— sobre el que el señor Moreen no hacía confidencias. Sí le confió enérgicamente que era un hombre de mundo, mucho más de lo que podía parecer a simple vista. Era evidente que Ulick, el primogénito, se preparaba para ejercer la misma profesión, con la desventaja, sin embargo, de que, hasta la fecha, su ojal tenía un humilde adorno floral y su bigote carecía de grandes pretensiones. Las chicas, pese a sus peinados, su porte, sus modales y sus pies regordetes, jamás habían salido solas de casa. En cuanto a la señora Moreen, al examinarla más de cerca, Pemberton observó que su elegancia era intermitente y que sus prendas no siempre hacían juego. Su marido, como ella prometiera, recibió con entusiasmo las pretensiones de Pemberton relativas a su salario. El joven procuró que fueran modestas y el señor Moreen no le ocultó que le parecían francamente exiguas. Le aseguró, además, que aspiraba a tener intimidad con sus hijos, a ser su mejor amigo, y que siempre los estaba observando. Por eso se iba a Londres y a otros lugares: para vigilar; y aquella vigilancia era la teoría de la vida, así como la verdadera ocupación de toda la familia. Todos se mantenían vigilantes, pues eran muy francos al considerar que era necesario hacerlo. Deseaban que se entendiera que eran gente respetable, así como que su fortuna, si bien completamente adecuada a su estatus, requería de una cuidadosa administración. El señor Moreen, como padre de los polluelos, procuraba el sustento para el nido. Ulick lo encontraba fundamentalmente en el club, donde Pemberton suponía que solían servírselo en tapete verde. Las chicas solían arreglarse el pelo y confeccionarse los vestidos ellas mismas, y nuestro joven tenía la sensación de que, en lo referente a la educación de Morgan, se le pedía que se alegrara de que, aunque naturalmente debía ser de la mejor calidad, no costara demasiado. Pasado un tiempo se alegró, olvidándose a veces de sus propias necesidades en aras del interés que le inspiraban el carácter y la cultura del niño, y el placer de llevarse bien con él.


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