El Alumno

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IV

Cuando Pemberton llevaba un año viviendo con ellos, el señor y la señora Moreen decidieron, repentinamente, dejar la casa de Niza. Pemberton ya se había acostumbrado a las decisiones precipitadas, después de haber visto como las ponían en práctica a una escala considerable durante dos viajes muy accidentados: uno por Suiza, el primer verano, y el otro a finales de invierno, cuando todos partieron atropelladamente con destino a Florencia y luego, al cabo de diez días, en vista de que les gustaba mucho menos de lo que esperaban, regresaron desordenadamente presas de una misteriosa melancolía. Habían vuelto a Niza «para siempre», según dijeron; pero eso no impidió que, una noche lluviosa y húmeda del mes de mayo, se metieran en un vagón de segunda clase —nunca se sabía en qué clase viajarían—, en el que Pemberton les ayudó a colocar una sorprendente colección de bolsas y bultos. La explicación de aquella maniobra fue que habían resuelto pasar el verano «en algún lugar tonificante»; pero al llegar a París se instalaron en un pequeño piso amueblado —una cuarta planta, en una avenida de tercera categoría, con una escalera maloliente y un portero detestable— y se pasaron los cuatro meses siguientes en la más absoluta indigencia.



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