El Alumno
El Alumno Pero fue tiempo después cuando afloró el verdadero problema, la preocupación de hasta qué punto resulta justificable discutir la inmoralidad de sus padres con un niño de doce, de trece, de catorce años. Lógicamente, al principio le pareció algo absolutamente inexcusable e imposible del todo punto. Bien es verdad que la cuestión no apremió durante un tiempo, después de que Pemberton recibiera sus trescientos francos. La entrega del dinero dio paso a una especie de tregua, un alivio frente a las presiones más acuciantes. Pemberton corrigió frugalmente su vestuario e incluso disponía de unos pocos francos en el bolsillo. Pensó que los Moreen le miraban como si vistiera con demasiada elegancia, como si pensaran que deberían evitar mimarle en demasía. De no haber sido el señor Moreen tan hombre de mundo tal vez hubiera dicho algo de sus corbatas. Pero el señor Moreen siempre estaba muy en su papel de hombre de mundo y dejaba estar las cosas. Realmente lo había demostrado a las claras.
