El Alumno

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VII

Después de aquella charla pasaron mucho tiempo afrontando los hechos, y una de las primeras consecuencias de tal actitud fue que Pemberton siguió aguantando, en la jerga de su amigo, a tal propósito. Morgan hacía que los hechos fueran tan vividos y graciosos, por un lado, y tan feos y anodinos, por otro, que le resultaba fascinante comentarlos con él, de la misma manera que hubiera sido una crueldad dejarlo a solas con ellos. Ahora que compartían tantas confidencias era inútil que fingieran no haber juzgado a aquella gente; pero el mero juicio y el intercambio de impresiones creó otro vínculo. Morgan jamás le había resultado tan interesante como ahora que él mismo se hacía más accesible a la luz que aquellas revelaciones arrojaban sobre su personalidad. Lo que más se reveló en él fue su orgullo característico. A Pemberton le daba la sensación de que el daño eran mucho, tanto que tal no fuera negativo el hecho de que hubiera sufrido algunos impactos a una edad tan temprana. A Morgan le hubiera gustado que su gente fuera más valiente, y tuvo que sufrir en carne propia, demasiado pronto, la sensación de que su familia estaba permanentemente reconociendo sus errores. Su madre tenía una enorme capacidad para hacerlo, y su padre aún más que su madre. Sospechaba que Ulick se había librado por los pelos de un «asunto» en Niza. Una noche hubo en casa mucho revuelo y un pánico considerable, después de lo cual todos se fueron a la cama y cargaron con las consecuencias. No cabía otra suposición. Morgan tenía una imaginación romántica, que se alimentaba de poesía e historia, y le hubiera gustado que quienes «llevaban su nombre» —como solía decirle a Pemberton, haciendo gala de un humor que hacía de su sensibilidad algo tan adulto— tuvieran más arrojo. Pero en lo único en que pensaban era en conocer a gente que no necesitaba de ellos y en tomarse los desaires como si fueran honrosas cicatrices. Por qué la gente no los tomaba más en cuenta, era algo que se le escapaba: ése era asunto de la gente. Después de todo, en un trato superficial no resultaban repulsivos; eran cien veces más inteligentes que la mayoría de aquellos personajes tediosos, aquella «pobre gente bien» sobre la que se abalanzaban corriendo tras ellos por toda Europa.


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