El Alumno
El Alumno —¡Oh! No creo que vayamos a pelearnos.
—Le darán lo que usted quiera —comentó el niño inesperadamente, mientras volvÃa de la ventana—. No nos preocupa lo que pueda costar nada. Vivimos magnÃficamente bien.
—¡Querido, qué cosas tan extrañas dices! —exclamó su madre, acariciándolo con mano experta pero indiferente. El niño se escabulló, mirando con ojos inteligentes e inocentes a Pemberton, quien habÃa tenido ya tiempo suficiente para percatarse de que aquel menudo y satÃrico rostro parecÃa tener el don de cambiar de edad de un momento a otro. En aquel instante era un rostro infantil y, sin embargo, parecÃa hallarse bajo la influencia de curiosas intuiciones y conocimientos. A Pemberton le desagradaba la precocidad y se sintió contrariado al advertir vestigios de ésta en un discÃpulo que aún no habÃa alcanzado la adolescencia. No obstante, adivinó sobre el terreno que Morgan no resultarÃa aburrido. Al contrario, podÃa ser de lo más excitante. Aquella idea contuvo al joven, a pesar de que sentÃa cierta repulsión.
—¡Vaya una personita presuntuosa! ¡No somos derrochadores! —protestó alegremente la señora Moreen, realizando un nuevo e intento infructuoso por retener al niño a su lado—. Usted debe saber qué puede esperar —prosiguió, dirigiéndose a Pemberton.
