El Banco de la desolación

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Aquello, a su manera, le bastó durante meses, y así transcurrió el año. Sin duda aquel sentimiento le hubiera sostenido más tiempo de no ser por un accidente, trivial en apariencia, que le conmovió, en un sentido bastante distinto, con una fuerza superior a cualquiera de sus impresiones de Egipto o de la India. Fue pura casualidad (por un pelo, así lo vería más adelante), aunque después viviría para creer que si la luz no le hubiera llegado de esta manera peculiar le habría llegado de otro modo. Viviría para creerlo, digo, aunque no iba a vivir, puedo afirmarlo con idéntica certeza, para poder hacer mucho más. De todos modos le concedemos el beneficio de la convicción, abriéndose paso hasta él, de que, al final, más allá de lo que hubiera pasado o dejado de pasar, él habría alcanzado la luz por sí mismo. El incidente de un día de otoño había encendido la mecha al reguero de pólvora que su sufrimiento había tendido hacía tiempo. Con la luz ante él, supo que incluso en aquellos últimos tiempos no había hecho más que reprimir su dolor. Estaba extrañamente adormecido, pero palpitaba; con el contacto comenzó a sangrar. Y el contacto, en este caso, fue el rostro de un semejante. Este rostro, una tarde gris, cuando las hojas se agolpan en los callejones, miró el de Marcher, en el cementerio, con una expresión como el filo de una espada. Es decir, lo sintió tan profundo dentro de él que se encogió ante la firme estocada. La persona que le asaltaba de forma tan silenciosa era una figura que había visto al llegar a su propio destino, absorto junto a una tumba a poca distancia de donde él se hallaba, una tumba reciente en apariencia, que daba a entender que la emoción del visitante era con seguridad tan reciente como sincera. Este hecho le impidió a Marcher observarle con más detenimiento, aunque durante el tiempo que permaneció allí no dejó de ser vagamente consciente de la presencia de su vecino, un hombre de mediana edad, de luto, cuya espalda encorvada estaba siempre presente entre los grupos de monumentos y tejos mortuorios. La teoría de Marcher de que había elementos a cuyo contacto él revivía había experimentado en esta ocasión, puede asegurarse, una confirmación apreciable aunque inescrutable. Aquel día de otoño le estaba resultando espantoso más que ningún otro en estos últimos tiempos, y se apoyaba, con una pesadez desconocida para él hasta entonces, en la baja lápida de piedra que llevaba inscrito el nombre de May Bartram. Se apoyaba sin fuerzas para moverse, como si algún resorte en él, fruto de algún encantamiento, se hubiera roto de repente para siempre. Si en aquel momento hubiera podido hacer lo que quería, tan solo se habría estirado sobre la piedra dispuesta a acogerle, como si fuese un lugar ya preparado para recibir su último sueño. ¿Con qué fin en este mundo tenía que mantenerse ahora despierto? Miraba con fijeza ante sí mientras se hacía esta pregunta y fue entonces, puesto que uno de los paseos del cementerio discurría junto a él, cuando recibió el impacto de aquel rostro.


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