El mentiroso
El mentiroso Lyon descubrió en Sir David Ashmore un motivo pictórico de primera magnitud y, por si fuera poco, un modelo muy complaciente. Además, se trataba de un anciano muy agradable, tremendamente arrugado, pero en absoluto apagado. Llevaba puesta exactamente la misma bata guateada que Lyon habría elegido para el cuadro. Estaba orgulloso de su edad, pero avergonzado por los achaques que ésta acarreaba y que él exageraba sobremanera, si bien no le impedían sentarse allí tan sumiso como si el retrato al óleo fuera una especialidad dentro de la cirugía. Desmintió la leyenda que circulaba acerca de sus temores sobre el hecho de que posar pudiera serle fatal, y ofreció, en cambio, una explicación que satisfizo bastante más a nuestro amigo. Según su opinión, un caballero que se preciara debía ser retratado tan sólo una vez en la vida, puesto que resultaba algo presuntuoso, además de una muestra inadmisible de impaciencia, desear tener su propio retrato colgado por todos lados. Eso era algo que estaba bien para las mujeres, que son un buen motivo decorativo para las paredes, pero no para el rostro masculino, que no se presta a la repetición ornamental. El momento apropiado para el retrato se produce al final de la existencia, cuando un hombre es plenamente él mismo, pues es entonces cuando es posible recabar su experiencia al completo. Lyon no se atrevió a contestarle que la edad no siempre supone un verdadero compendio de todo el ser —ya que siempre había que tener en cuenta posibles menguas—, pues en la cristalización de Sir David no había fisura alguna. Habló de su retrato como si se tratara del mapa de un país, que sus hijos podrían consultar en caso de duda. Y tan sólo se podía trazar un mapa fidedigno una vez se hubiera recorrido todo el territorio.
