La Copa Dorada
La Copa Dorada Expresó estas últimas palabras con otro irremediable estremecimiento, y al momento brotaron de sus ojos las lágrimas, aun cuando al producirse el llanto se apartó de su marido, para que no fuera testigo. Penetró en el salón en penumbra, en el que el coronel, en el curso de su inspección llevada a efecto poco antes, había descorrido un poco la cortina, por lo que entraba por la ventana algo de luz de los faroles callejeros. Fanny Assingham se acercó a esa ventana y en ella apoyó la frente, mientras el coronel, con la cara larga, la observaba dubitativo. Quizá se preguntara qué había hecho realmente su esposa y hasta qué punto podía haberse comprometido en los asuntos de aquella gente sin que él lo supiera ni pudiera imaginarlo. Pero el hecho de oírla llorar, en contra de su voluntad, y verla intentar dominar el llanto fue, de repente, demasiado para él. En otras ocasiones había visto a su mujer en el trance de no reprimir en modo alguno las lágrimas y ello había afectado muchísimo menos al coronel. Se acercó a su esposa, y le rodeó el cuerpo con el brazo, atrajo su cabeza sobre su pecho y ella, entrecortado el aliento, la dejó reposar unos instantes, con una paciencia que ahora produciría el efecto de serenarla. Sin embargo, y aunque sea raro, el efecto de esta crisis no fue dar término al coloquio con la natural consecuencia de mandarlos a los dos a la cama, sino que, contrariamente, el asunto que los había tenido ocupados hasta el momento quedó más al descubierto por la brusca manifestación que Fanny Assingham hizo de sus sentimientos, es decir, habían dado un gran paso adelante, habiendo penetrado, y valga la expresión, sin decirse más palabras, en la zona de lo que les interesaba, cerrando la puerta después de entrar y quedando los dos más claramente cara a cara con el problema. Permanecieron los dos durante unos minutos contemplando el problema a través de la oscura ventana que se abría al mundo de las humanas desdichas en general, cuya vaga luz jugueteaba aquí y allá, sobre dorados, cristales y colores, sobre los floridos adornos perceptibles en la penumbra del salón de Fanny Assingham. Y el encanto que hubo entre los dos pasó con el gemido de dolor de Fanny, con su estallido de llanto, con la desorientación de Bob Assingham, con su amabilidad y su consuelo, con los momentos de silencio de ambos; silencio que bien hubiera podido representar el hundimiento de uno y otra juntos, cogidos de la mano y durante cierto tiempo, en el místico lago en el que al principio, tal como hemos dicho, el coronel había visto a su esposa remando sola, de cuya belleza ahora podían hablar mejor que antes debido a que el motivo, por fin y de una vez para siempre, había quedado definido. ¿Y cuál era el motivo, que Fanny había revelado a las claras, sino que era preciso salvar a Charlotte y al Príncipe, en la medida en que hablar coherentemente de ellos pudiera salvarlos? Realmente, de una manera y otra quedaron salvados en la preocupada mente de la señora Assingham, ya que así es la mente de las mujeres. El coronel comunicó a su cónyuge, por el medio de no denegarle su ternura, que había comprendido en medida suficiente la insinuación, y que no necesitaba más que dicha sugerencia. Esto quedó muy claramente establecido, incluso cuando el coronel volvió a abordar el tema suscitado por su esposa cuando ella le habló de su reciente entrevista con Maggie: