La Copa Dorada

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Capítulo III

Habían intercambiado las últimas frases en tono de chanza pero después esperaron a su amiga en silencio, y este silencio hizo el aire tenso, grave, y esta gravedad no se disipó ni cuando el Príncipe volvió a hablar. Había estado meditando el caso, para tomar una decisión inapelable. Una muchacha hermosa, inteligente y de carácter extraño, alojada en casa, era realmente una complicación. En este punto, la señora Assingham estaba en lo cierto. Pero también había otras circunstancias, como las buenas relaciones que unían a las dos muchachas desde los tiempos en que iban a la escuela, y la indudable confianza con que una de ellas había llegado. El Príncipe dijo:

—La señorita Stant puede venir a nuestra casa siempre que quiera.

La señora Assingham repuso con una nota de ironía oculta tras su risa:

—¿Le gustaría que les acompañara en la luna de miel?

—Bueno, no. Durante ese tiempo mejor que esté con usted, pero, luego, ¿por qué no ha de alojarse en nuestra casa?

La señora Assingham le miró largo rato en silencio. Después oyeron una voz en el corredor y se pusieron en pie. La señora Assingham dijo:

—¿Por qué no? ¡Muy generoso, por su parte!


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