La Copa Dorada
La Copa Dorada Sin embargo Maggie, a solas con su marido, nada dijo por el momento. Lo único que sentía en aquellos instantes era el fuerte y penetrante deseo de no volver a ver su rostro hasta haber tenido tiempo de componer su expresión. Maggie lo había visto durante el tiempo suficiente para aclarar las ideas y determinar lo que haría a continuación, lo había visto en la mirada de sorpresa que siguió a su entrada. En aquel instante, supo cuán experta había llegado a ser en juzgar con rapidez aquella expresión, que recordaba indeleble a efectos de referencia, y que había iluminado con súbita luz su alma turbada la noche en que el Príncipe regresó tarde de su visita a Matcham. La expresión del rostro del Príncipe, en aquella ocasión, a pesar de lo breves que fueron los instantes que duró, le dio la medida de las posibilidades de su expresión y quizá una de las más importantes le quedó patente el tiempo preciso para ser reconocida, antes de que se retirara la señora Assingham. Lo que Maggie había reconocido en la expresión de su esposo era el conocimiento de éste: el resultado de haber sido obligado por el impulso del comportamiento de su visitante, así como por el eco todavía no extinguido de sus palabras, a tener en cuenta los flagrantes indicios del accidente, o incidente, del que de modo imprevisto había sido testigo. Nada extraño hubo en que no estimara que los hechos presenciados estaban representados por los tres fragmentos de un objeto evidentemente valioso que estaban en el suelo y que, incluso mediando la anchura de la estancia, el distanciamiento que de ellos había mantenido el Príncipe le recordaban, de manera inconfundible aunque confusa, algo conocido, una imagen no olvidada. Fue una fuerte impresión, fue un dolor, como si la violencia de Fanny hubiera sido violencia redoblada y de efectos superiores a la intención con que se ejerció, una violencia que atraía la sangre caliente de la misma manera que la atrae un golpe en la boca. A Maggie le constaba, en el momento en que apartó la vista de la cara de su marido, que ella no deseaba que él experimentara aquel dolor. Lo que quería era su propia y sencilla certidumbre, y no aquella roja marca de condena llameando en la belleza de su esposo. Lo que más le hubiera gustado, sería poder ir con los ojos vendados. Y si ahora se tratara de tener que decir lo que Maggie tuviera que decir, y de escuchar lo que el Príncipe dijera, cuanta más fuera la oscuridad que envolviera lo uno y lo otro, mejor.