La Copa Dorada
La Copa Dorada La semejanza no se le ocurrió a Maggie en los primeros instantes en que estuvo en el exterior, en el caliente y silencioso esplendor de la tarde de un domingo, sólo el segundo domingo de veraneo, en que el grupo de los seis —el grupo de los siete, pues incluía también al Principino— había quedado prácticamente liberado de agregaciones e invasiones. Al ver a Charlotte sentada a lo lejos, precisamente en el sitio en que esperaba verla, la Princesa se preguntó si su amiga no había quedado afectada de una forma muy semejante a aquélla en que ella se sintió afectada aquella noche, en la terraza, por la aguda persecución de la señora Verver. Hoy la relación había quedado invertida. Charlotte veía cómo Maggie se le acercaba, atravesando lagunas de luz solar que aún conservaba la naturaleza del mediodía, de la misma forma que ella había visto a Charlotte amenazarla a través de la oscuridad sin estrellas y hubo un momento, aquel en que Maggie esperó un poquito, mientras las dos se encontraban en la distancia, en que el intervalo quedó animado por un reconocimiento no menos silencioso y, según todas la apariencias, no menos preñado de extraños significados que aquel otro que se produjo en la ocasión anterior. Sin embargo, lo importante era que las dos jóvenes habían intercambiado sus respectivas posiciones. Desde la ventana de su aposento Maggie había visto a Charlotte salir de la casa, a una hora extraña, las tres de la tarde de un canicular día de agosto, para pasear por el jardín o la arboleda, y se sintió determinada a actuar con la misma viveza que había causado el impulso de su amiga tres semanas antes. Era el día más caluroso de la estación, y para personas que se hallaban todas ellas ociosas, parecía que una siesta fuera de rigor, pero nuestra joven amiga todavía no había comprendido tan plenamente que en aquel refinamiento de reposo de los miembros del grupo se daba algo parecido a la silla vacía en el festín. Y esto quedaba todavía más de relieve si tenemos en cuenta que en el festín, en sentido literal, en el gran comedor en penumbra, acababa de tener lugar la fresca y ceremoniosa celebración del almuerzo, sin la presencia de la señora Verver, representada por la alegación de un fuerte dolor de cabeza, que no fue comunicado al grupo de comensales por su marido, sino directamente al señor Verver, en el momento en que se reunían, por la doncella de la señora Verver, al efecto delegada y solemne ejecutora de la encomienda.