La Copa Dorada
La Copa Dorada Había dicho todo lo anterior tal como se le había ido ocurriendo. Fue incapaz de contenerse, a pesar de que, mientras oía sus propias palabras, tenía la impresión de echarlo todo a rodar. Pero ¿no era esto lo más adecuado para compartir el último día de cautiverio del hombre a quien adoraba? Cada momento que pasaba tenía la impresión más clara de estar esperando, con Americo y en la celda de éste, de manera que recordaba vagamente el comportamiento de los nobles cautivos, durante la Revolución francesa, durante el período del tenebroso Terror, que solían celebrar una fiesta o dar rienda suelta a altos pensamientos, con sus pobres últimos recursos. Si Maggie, ahora, lo había hecho todo añicos, si había quebrantado todas las normas observadas en los últimos meses, debía limitarse a comprender que así era, a comprender que aquello que había estado persiguiendo se hallaba, al fin, tan cerca que ya no podía conservar la serenidad. Y su marido bien hubiera podido tener la impresión de que ésta había perdido la cabeza, por cuanto Americo ignoraba, en todo momento, que la súbita libertad con que su esposa se expresaba no era más que una indirecta de la intensidad con que deseaba abrazarle. También ignoraba que aquélla era la manera con que Maggie —ahora que estaba realmente con él— prescindía audazmente de la suprema norma de tenerlo suspenso en las dudas. Para los hombres y las mujeres de la Revolución francesa no había dudas. El cadalso, para aquellos en quienes Maggie pensaba, era una certidumbre, en tanto que lo que el telegrama de Charlotte anunciaba era, claramente, y salvo un error incalculable, la liberación. Sin embargo, lo importante consistía en que todo estaba más claro para ella que para Americo. La verdad, la libertad de Maggie, para cuya consecución tanto había trabajado, amenazaban con apiñarse sobre su cabeza igual que un grupo de cabezas angelicales, en los poblados haces de luz que desde lo alto penetran por las rejas de la prisión, que regalan, a veces, la enfebrecida visión de quienes están encadenados. Maggie tenía la impresión de que más tarde sabría, que al día siguiente por la mañana sabría con tristeza, sin alguna duda, cuán alocadamente había latido su corazón ante aquella primicia de lo que significaba que les dejaran solos a los dos, y juzgaría con calma incluso aquella avidez por solucionar lo que tan poca importancia tendría, todo lo que no fuera las complicaciones propias de la constante presencia de los otros dos. Y verdaderamente, el caso era que estaba simplificándolo todo mucho más de lo que hacía su marido, y ello quedaba de relieve ante ésta en la expresión de su rostro mientras la escuchaba. Realmente, parecía un tanto desconcertado, en lo referente a su suegro y a la señora Verver, porque cuando Maggie aludió a la posibilidad de que prefirieran pasar una velada con ellos, preguntó: