La Copa Dorada

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El señor Verver había formulado su pregunta con referencia al cuadro, y Maggie había contestado refiriéndose también a lo mismo, pero después, durante un instante, fue como si sus palabras simbolizaran otra verdad, por lo que los dos dirigieron la vista a cuanto les rodeaba para darles esa extensión. Maggie había pasado un brazo por debajo del de su padre, y los restantes objetos que había en la estancia, los otros cuadros, los sofás, las sillas, las mesas, las arcas, las piezas «importantes», supremas cada cual en su estilo, destacaban a su alrededor, conscientemente, para ser reconocidas y alabadas. Los ojos de padre e hija se fijaban juntos, a la par, en las diversas piezas, una tras otra, apreciando su nobleza, y el señor Verver lo hacía como si de esta manera midiera la sabiduría de antiguas ideas. Las dos nobles personas conversaban sentadas ante la mesa del té, quedando así incluidas en el espléndido efecto y en la general armonía, ya que la señora Verver y el Príncipe habían quedado, aunque fuera involuntariamente, como altas expresiones de aquella clase de muebles humanos que, estéticamente, el escenario exigía. La fusión de su presencia con los elementos decorativos, su contribución al triunfo de la selección, eran completas y admirables, aunque ante una mirada más detenida, ante una mirada más penetrante de lo que la ocasión requería, también hubieran podido figurar como concretos ejemplos de un insólito poder de adquisición. En parte, esto quedó expresado en el tono en que Adam Verver volvió a hablar, sin que se pueda saber a qué punto llegaron sus pensamientos:


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