La edad ingrata

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—Ah, ¿cómo pueden florecer confortablemente los aborrecimientos sin el cultivo de ese frecuente «verse» que sólo resulta propiciado por lo que aquí llamáis la íntima amistad? ¿Para qué se dan fiestas en Londres sino para que los enemigos puedan tratarse? Te aseguro que es inimaginable que el marido de una soberbia criatura como es tu hermana considere mejor satisfechas sus exigencias por un ser comme cette petite, que se parece a un enjugaplumas (a la idea que de él pueda tener una actriz) de pega para una panoplia teatral. Al mismo tiempo, si me permites decirlo, apenas me sorprende que la sabiduría de tu hermana haya sido de una índole capaz de cederle toda la ventaja a su adversaria. Es la mujer más hermosa de Inglaterra, pero su esprit de conduite no está a la par. ¡No se puede tener todo! —suspiró filosóficamente.

Lord Petherton convino bastante apaciblemente con la anterior asunción de su propio desapego:

—Si con eso quieres decir que es tonta del bote, estoy absolutamente dispuesto a sumarme a tu parecer. Ello es precisamente lo que me produce miedo. Sin embargo, ¿cómo podría yo con decencia decir concretamente —preguntó— de qué?

La duquesa continuaba posada sobre la cúspide de sus propias facultades críticas:


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