La edad ingrata

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Si Mitchy se presentó a la hora en punto fue con absoluta deliberación y esperando disfrutar —amén de la pequeña satisfacción que ello le brindaría— de diez minutos a solas con su anfitrión, con quien rara vez le sucedía verse a puerta cerrada. Experimentaba la sensación de tener un asunto especial que tratar: una sonda que arrojar o una tecla que pulsar; en resumidas cuentas su disposición anímica era diplomática y ansiosa. Pero sus esperanzas se desvanecieron nada más trasponer el umbral. Lo único que su precaución le había procurado había sido la compañía de un extraño, pues la persona en la habitación a quien lo anunció el criado no era el querido Van. Por otra parte estaba claro que este caballero tenía que ser el viejo… ¿cuál era su nombre?… el individuo que Vanderbank había insistido tantísimo en que él «debía conocer». Pero ¿es que iban a tomar juntos el té ahí solos? No: sin pérdida de tiempo el candidato a la amistad del señor Mitchett, cual si raudamente hubiera adivinado su aprensión, mencionó que enseguida se les uniría el anfitrión: éste acababa de regresar a toda prisa, temiendo ser impuntual, y se había apresurado a otra habitación para cambiarse.

—Por fortuna —dijo el hablador, que ofreció esta aclaración como si hubiese estado meditando sobre ello—, por fortuna todavía no han llegado las damas.


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