La edad ingrata

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XXIV

El jardín del señor Longdon abarcaba tres acres y, pleno de rasgos encantadores, tenía como su más grande maravilla la extensión y colorido de su antiguo muro de ladrillo, cuya superficie rosácea y purpúrea era fruto de benéficas eras y cuya función protectora, para un visitante que deambulara, holgara, conversara, leyera, resultaba la de una especie de guardián del ensueño. La atmósfera del lugar, en la época de agosto, vibraba continuamente con el arrobamiento de los pájaros, el zumbido de pequeñas vidas imperceptibles y el revoloteo de mariposas blancas. Sobre el cercado césped vasto y lacio era donde Nanda estaba hablándole a Vanderbank acerca de las tres semanas que a la mañana siguiente ya habría insumido la estancia de ella allí y que habían sido —ella no lo ocultaba— las más felices que jamás había pasado dondequiera. El día agrisado había sido suave y quedo y el cielo había estado tenuemente jaspeado mientras el visitante más recientemente venido de Londres, quien había llegado a última hora de la tarde del viernes, había pasado la mañana ganduleando en una actitud cada una de cuyas relajadas líneas hacía referencia al día festivo que él, por así decirlo —al inicio observando el entorno y degustando una refacción—, se había arrellanado para contemplar cual expedicionario frente a una ciudadela. Había asientos, allí mismo, sobre los que el sol no caía a plomo: bancos almohadillados bajo una expansiva y densa proliferación de ramas de morera. Un voluminoso libro de informes descansaba sobre el regazo del joven, y Nanda había salido de la casa y acudido junto a él, media hora antes del almuerzo, con algo del estilo de Beatriz acudiendo junto a Benedicto[18]; en realidad no había sido para avisarlo de que entrara enseguida a comer, sino mencionando inmediatamente que acudía obedeciendo una intimación ajena. A ella el señor Longdon, al parecer, le había reprochado su desatención hacia el visitante, mostrándole de esta guisa, para placer de ella, cuán lejos había llegado en el sentido de considerarla, como decía él, parte de la casa.


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