La edad ingrata
La edad ingrata El jardÃn del señor Longdon abarcaba tres acres y, pleno de rasgos encantadores, tenÃa como su más grande maravilla la extensión y colorido de su antiguo muro de ladrillo, cuya superficie rosácea y purpúrea era fruto de benéficas eras y cuya función protectora, para un visitante que deambulara, holgara, conversara, leyera, resultaba la de una especie de guardián del ensueño. La atmósfera del lugar, en la época de agosto, vibraba continuamente con el arrobamiento de los pájaros, el zumbido de pequeñas vidas imperceptibles y el revoloteo de mariposas blancas. Sobre el cercado césped vasto y lacio era donde Nanda estaba hablándole a Vanderbank acerca de las tres semanas que a la mañana siguiente ya habrÃa insumido la estancia de ella allà y que habÃan sido —ella no lo ocultaba— las más felices que jamás habÃa pasado dondequiera. El dÃa agrisado habÃa sido suave y quedo y el cielo habÃa estado tenuemente jaspeado mientras el visitante más recientemente venido de Londres, quien habÃa llegado a última hora de la tarde del viernes, habÃa pasado la mañana ganduleando en una actitud cada una de cuyas relajadas lÃneas hacÃa referencia al dÃa festivo que él, por asà decirlo —al inicio observando el entorno y degustando una refacción—, se habÃa arrellanado para contemplar cual expedicionario frente a una ciudadela. HabÃa asientos, allà mismo, sobre los que el sol no caÃa a plomo: bancos almohadillados bajo una expansiva y densa proliferación de ramas de morera. Un voluminoso libro de informes descansaba sobre el regazo del joven, y Nanda habÃa salido de la casa y acudido junto a él, media hora antes del almuerzo, con algo del estilo de Beatriz acudiendo junto a Benedicto[18]; en realidad no habÃa sido para avisarlo de que entrara enseguida a comer, sino mencionando inmediatamente que acudÃa obedeciendo una intimación ajena. A ella el señor Longdon, al parecer, le habÃa reprochado su desatención hacia el visitante, mostrándole de esta guisa, para placer de ella, cuán lejos habÃa llegado en el sentido de considerarla, como decÃa él, parte de la casa.