La edad ingrata
La edad ingrata Había quedado convenido que él iba a despedirse a la mañana siguiente mientras que Vanderbank se quedaría otro día más. Para la cena de este domingo el señor Longdon había invitado a tres o cuatro de sus vecinos a fin de que «conocieran» a los dos caballeros de la capital, de tal forma que no fue hasta que se hubieron marchado los convidados, o en otras palabras hasta casi la hora de acostarse, cuando nuestros cuatro amigos pudieron volver a sentir, como en confianza, esa familiaridad de relación mutua que constituye el tema de nuestra pintura. Ello no impidió, sin embargo, que Nanda desapareciera escaleras arriba tan pronto como hubieron dicho adiós el médico y su mujer, y a decir verdad la forma como en cuanto sonaron las once el señor Longdon cumplió su ritual de asir una determinada palmatoria constituyó una expresión no menos clara de albergar una intención pareja. En él nada resultaba más afable que el contraste entre la rigurosidad de sus propias costumbres y su generosa tolerancia hacia las costumbres ajenas. En lo tocante a aquéllas deploraba, por lo visto, casi cualquier rasgo de similitud, y nadie había osado jamás averiguar cómo se habría tomado un indicio de imitación.