La edad ingrata
La edad ingrata —¿No cree que ya va siendo hora de que usted lo haga? —Una vez más ella esperó, después pareció pensar que la que no podÃa esperar era su oportunidad—: Hemos colaborado en cierta medida, pero usted no tiene confianza en mÃ. Seguro que no cree que yo sea sincera del todo. ¿De veras no se da cuenta de que debo serlo? —En ella hubo un tono de súplica que por fin lo hizo atalayarla—. ¿No se da cuenta —siguió, aprovechando esa ventaja— de que, habiendo yo logrado todo lo que deseo, carezco de cualquier motivo concebible para aguarles la fiesta a los demás? No deseo en lo más mÃnimo, se lo aseguro, aguársela siquiera a la señora Brook; pues ¿cómo iba a verse un ápice más alejada de él (de lo que ya lo está, quiero decir) si se produjese lo que usted desea? Honradamente, mi querido amigo, ello es lo mismo que deseo yo, y lo único que anhelo, por lo demás, es ayudarlo. Lo que siento por Nanda, créame, es pura compasión. No diré que me siento locamente agradecida hacia ella, pues a la larga (de un modo u otro) ella sacará su propio beneficio. Mas no por ello dejo de preocuparme cuando la contemplo, y tanto más a causa de esta mismÃsima certidumbre, que tan amablemente acaba usted de inculcarme, de que con la madre de Nanda nuestro joven realmente no ha…
Cualquiera que fuese la certidumbre que el señor Longdon habÃa inculcado amablemente, fue a cuenta de otro punto por lo que en este momento intervino: