La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Traté más bien de evitarle después de la cena porque, lo confieso, me habÃa parecido que era un hombre cruelmente engreÃdo, y esa revelación fue dolorosa. ¡Llamar las «bobadas de siempre» al agudo análisis que yo habÃa escrito! ¡Que le hubieran mortificado hasta ese punto las ligeras reservas que habÃa en mi gran admiración! HabÃa creÃdo que era un hombre plácido, y plácido era; esa superficie era el duro cristal pulido que encubrÃa el ostentoso dije de su vanidad. Me sentà verdaderamente ofendido, y mi único consuelo fue que si no habÃa nadie capaz de ver nada George Corvick estaba tan lejos de entenderle como yo. Este consuelo no bastaba sin embargo, para permitirme una vez dispersadas las damas, conducirme de manera adecuada —quiero decir ponerme una chaqueta moteada y tararear una tonadilla— en el salón de los fumadores. Algo abatido emprendà el camino hacia mi habitación; pero en el pasillo me encontré con el señor Vereker, que habÃa vuelto a subir para cambiarse, precisamente cuando salÃa de su habitación. Él sà tarareaba una tonadilla y se habÃa puesto una chaqueta moteada, y en cuanto me vio su alegrÃa se transformó en sobresalto: