La figura de la alfombra
La figura de la alfombra —No acabo de ver cómo se lo podrÃa explicar —me dijo—, pero fue precisamente el hecho de que su reseña de mi libro tuviera un punto de inteligencia, fue de hecho su excepcional agudeza, lo que dio lugar al sentimiento —algo que, por favor créame, arrastro desde hace mucho tiempo— bajo cuya momentánea influencia salieron de mà cuando hablaba con aquella buena señora las palabras que naturalmente le han dejado resentido. No suelo leer las cosas que salen en los periódicos a no ser que, como ocurrió con ésta, alguien me las arroje a la cara: ¡el que lo hace siempre es tu mejor amigo! Pero antes, hace diez años, acostumbraba a leerlas. Y me atreverÃa a decir que eran en general mucho más estúpidas en aquellos tiempos; de todos modos siempre me asombró que, con una perfección tan admirable cuando me daban golpecitos a la espalda como cuando me pegaban una patada en la espinilla, siempre se les escapara ese pequeño detalle que caracteriza mis libros. Todas las veces que por una u otra razón he vuelto a mirar una crÃtica siempre me ha parecido que seguÃan disparando a discreción, aunque con una deliciosa falta de punterÃa. Tampoco usted acierta, querido amigo, pese a su inimitable aplomo; que usted sea de una inteligencia tremenda y que su artÃculo sea tremendamente bello no cambia ni un pelo las cosas. ¡Es sobre todo al pensar en ustedes, los jóvenes que van subiendo —rió Vereker—, cuando más me doy cuenta de mi fracaso!
