La figura de la alfombra
La figura de la alfombra La secuela de esta nota fue que, en cuanto me pareció suficientemente adecuada la hora de la mañana, me encaminé directamente a casa del señor Vereker. Él ocupaba en aquel entonces una de esas honestas casas antiguas de Kensington Square. Me recibió inmediatamente, y en cuanto entré vi que no habÃa perdido completamente mi capacidad de ponerle de buen humor. Al ver mi cara, que sin duda expresaba la perturbación de mi ánimo, se puso a reÃr. Mi indiscreto comportamiento me hacÃa sentir muy compungido:
—Ya se lo he dicho a una persona —dije casi sin aliento— ¡y estoy seguro de que a estas horas esa persona se lo habrá contado ya a otra! Una mujer ha entrado en juego.
—¿La persona a quien se lo ha contado usted?
—No, la otra. Tengo la plena seguridad de que se lo ha dicho a ella.
—Para lo que va a servirle…, a ella ¡o a mi! Una mujer no lo averiguará nunca.
—No; pero lo dirá por todas partes: hará precisamente lo que usted querÃa evitar.
Vereker estuvo pensando un momento, pero no quedó tan desconcertado como yo habÃa temido: opinó que si el daño ya estaba hecho la nueva situación podÃa beneficiarle.
—No importa, no se preocupe.