La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Cuando expliqué a George Corvick la manera con que había sido amonestado me hizo notar que cualquier duda sobre su delicadeza podía ser considerada casi como un insulto. Se lo había dicho todo inmediatamente a Gwendolen, pero el mismo ardor de la reacción de Gwendolen declaraba su intención de ser discreta. El tema iba a absorberles y el pasatiempo que les ofrecía era demasiado precioso como para ser compartido con la muchedumbre. Parecían haber captado instintivamente la elevada idea que de la diversión se hacía Vereker. Su orgullo intelectual, sin embargo, no era tan desmesurado como para hacerles indiferentes a toda nueva luz que yo pudiera arrojar sobre el asunto que se traían entre manos. Eran ciertamente personas de «temperamento artístico», y la capacidad que mi colega tenía de excitarse por algo relativo al arte volvió a impresionarme. Podía llamarlo literatura, podía llamarlo vida, pero todo era lo mismo. En lo que decía me pareció entender ahora que también hablaba en nombre de Gwendolen, a quien, en cuanto la señora Erme se encontrara lo bastante mejor como para dejarle algún momento libre, se comprometió a presentarme. Recuerdo que un domingo de agosto fuimos juntos a una de esas casas en promiscuo amontonamiento que se encuentran eft Chelsea, y que volví a envidiar a Corvick por tener amistad con una persona capaz de sumar su luz a la de él. Ella no tenía en verdad ningún sentido del humor y, con su encantadora manera de mantener inclinada la cabeza a un lado, era una de esas personas a las que, como suele decirse, querrías dar una buena sacudida, pero que han sido capaces de aprender húngaro por su cuenta. Quizás hablaba húngaro con Corvick; el inglés que se dignó utilizar para su amigo fue notablemente reducido. Corvick me contó luego que era yo quien había enfriado sus ánimos debido a mi aparente falta de disposición a ser amable con ellos refiriendo en todos sus detalles lo que Vereker me había contado. Admití que a mí me parecía que ya había pensado suficiente sobre ese tema: ¿acaso no había decidido que todo era en vano y que no llevaba a ninguna parte? La importancia que ellos le daban me irritaba y la verdad, le dije, estaba emponzoñando mis dudas.
