La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Mis palabras no fueron exactamente las mismas: puse otra cosa en lugar de «ángel»; y, debido a lo que pasó después, mi epíteto resultó más adecuado porque cuando al fin supimos algo de nuestro viajero amigo, sus noticias nos dejaron simple y absolutamente atormentados en un nuevo aplazamiento de la comunicación que esperábamos. Se mostró maravilloso en su triunfo, dijo de su descubrimiento que era estupendo; pero su éxtasis no hizo más que oscurecerlo: no pensaba dar detalles hasta después de haber presentado su hallazgo a la autoridad suprema. Había abandonado su trabajo de corresponsal, había abandonado su libro, lo había abandonado todo menos la urgente necesidad de dirigirse rápidamente a Rapallo, en la costa genovesa, donde residía temporalmente Vereker. Yo le escribí una carta que debía aguardar su llegada en Aden: le rogaba que aliviara mi tensa espera. Supe que encontró mi carta por un telegrama que, como me llegó después de varios fastidiosos días y sin ser precedido por ninguna respuesta a la lacónica nota que le envié a Bombay, pretendía ser evidentemente su contestación a mis dos comunicaciones. Esas escasas palabras las escribió en un francés corriente, el francés de aquella época, que Corvick utilizaba frecuentemente para demostrar que no era un presuntuoso. En algunas personas producía un efecto justamente contrario a esa intención, pero su mensaje podría ser parafraseado más o menos así: «Ten paciencia; ¡quiero ver la cara que, cuando lo sepas, vas a poner!». «Tellement envie de voir ta tête!»: con esto tenía que sentarme a esperar. No puede la verdad decirse que me sentara, porque si no recuerdo mal pasé aquellos días corriendo apresuradamente entre mi casa y la casita de Chelsea. Nuestra impaciencia, la de Gwendolen y la mía, era equivalente, pero yo no podía dejar de pensar que ella iba a saber más que yo. Gastamos durante este episodio, para personas de nuestras posibilidades, muchísimo dinero en telegramas y coches de alquiler, y yo supuse que íbamos a recibir noticias de Rapallo en cuanto el descubridor viese al descubierto. El intervalo pareció un siglo, pero un día a última hora de la tarde oí un simón que se precipitaba frente a mi puerta con el estrépito engendrado por un arrebato de generosidad. Yo vivía en permanente inquietud y por eso salté hacia la ventana: la nueva posición me permitió ver a una joven dama, tiesa sobre el estribo del vehículo, que miraba impaciente hacia mi casa. Al verme blandió un papel con un ademán que me arrastró velozmente hacia la calle, ese ademán con el que, en los melodramas, son blandidos pañuelos e indultos al pie del cadalso.
