La figura de la alfombra
La figura de la alfombra —¡Claro que lo estoy! —me contestó—. ¿No lo sabÃa?
Ella parecÃa estar asombrada, pero yo lo estaba todavÃa más porque Corvick me habÃa dicho exactamente lo contrario. Sin embargo, no mencioné este detalle; me limité simplemente a hacerle notar lo poco que en este terreno habÃa yo llegado a gozar de sus confidencias, o incluso de las de Corvick, y que por otro lado yo no ignoraba la prohibición de su madre. En lo más Ãntimo me turbaba la disparidad entre las dos versiones; pero al cabo de poco rato comprendà que la de Corvick era la que me infundÃa menos dudas. Esto me redujo simplemente a preguntarme si la chica habÃa improvisado allà mismo un compromiso —resucitando uno antiguo o fabricando apresuradamente uno nuevo— a fin de obtener la satisfacción que deseaba. Ella debÃa tener recursos de los que yo me encontraba desprovisto, pero casi en seguida hizo ligeramente más inteligible su posición afirmando:
—La situación era que nos sentÃamos naturalmente forzados a no hacer nada mientras mamá siguiera con vida.
—¿Y ahora se prescindirá del consentimiento de mamá?
—¡Oh, quizá no haga falta llegar a tanto!
Me pregunté hasta dónde iban a llegar, y ella siguió: