La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Nunca me había ocurrido nada tan fastidioso en mi vida como darme cuenta, antes de la llegada a Inglaterra de Corvick, de que yo no iba a encontrarme allí para someterle a mis preguntas. Me vi bruscamente llamado a Alemania debido a la alarmante enfermedad de mi hermano menor, quien, contra mis consejos, había ido a estudiar a Munich, a los pies ciertamente de un gran maestro, el arte del retrato al óleo. El pariente próximo que costeaba su aprendizaje había amenazado con retirar su pensión si, con espaciosos pretextos, decidía ir a buscar una verdad más elevada a París, siendo como era esa ciudad, para una tía de Cheltenham, la escuela del mal, el abismo. Cuando ocurrió este incidente yo lo deploré, y ahora se hacía visible la profunda herida que causó: en primer lugar porque me había sido imposible salvar al pobre muchacho, que era listo, frágil e ingenuo, de una congestión pulmonar, y en segundo porque el acontecimiento me condenaba a una más insalvable ruptura con Londres. Me temo que lo que principalmente ocupó mis pensamientos durante varias angustiosas semanas fue la idea de que si hubiéramos estado en París yo habría podido escaparme a ver a Corvick. Esta posibilidad quedaba completamente anulada desde todos los puntos de vista: mi hermano, cuya recuperación nos dio mucho que hacer a los dos, estuvo enfermo durante tres meses, período en el que no le dejé solo ni un momento y a cuya conclusión tuvimos que enfrentarnos con la prohibición absoluta de un regreso a Inglaterra. Se imponía la necesidad de pensar ante todo en el clima, y él no se encontraba en situación de enfrentarse por su cuenta al problema. Le llevé conmigo a Meran y allí pasé con él el verano, tratando de mostrarle con el ejemplo cómo podía volver al trabajo y alimentando una pasión de otra clase que traté de no mostrarle.
