La figura de la alfombra

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XI

Fue, por tanto, de su marido de quien no pude apartar mis ojos ni un momento: le acosé de una manera que hubiera podido resultarle intranquilizadora. Llegué incluso al extremo de entablar conversación con él. En mi mente zumbaban varias preguntas: ¿Lo sabe? Usted participa del secreto, ¿no es así? Sí, lo sabía. Porque de no saberlo no hubiera devuelto mi mirada de aquel modo tan raro. Su esposa le había dicho qué era lo que yo quería y él se divertía afablemente con mi impotencia. No se reía, no era de ésos: su sistema consistía en contraponer a mi irritación, a fin de que yo quedara indecentemente desenmascarado, un estilo de conversación cuya inexpresividad era tan enorme como su elevada y desnuda frente. Cada vez que dejé atrás estos desiertos parajes que parecían ser el uno complemento geográfico del otro y constituir conjuntamente el símbolo de la falta de voz y de gusto de Drayton Deane, mi convencimiento quedó reafirmado. Lo que ocurría no era sino que simplemente le faltaba la suficiente habilidad para utilizar lo que sabía; era literalmente incompetente y no era capaz de continuar la empresa a partir del punto donde había sido abandonada por Corvick. Llegué incluso más lejos: fue la única vez que vislumbré la felicidad. Concluí al final que no le resultaba atractiva la tarea. Que no le interesaba. Que no le importaba. Sí, fue un auténtico consuelo para mí creerle demasiado necio para disfrutar de lo que yo no tenía. Seguía siendo tan necio después como lo había sido hasta entonces, y este hecho hizo para mí más profunda incluso la dorada gloria en que estaba envuelto el misterio. Tuve sin embargo que recordar que su esposa pudiera haberle impuesto sus condiciones y exacciones. Y por encima de todo tenía que recordarme a mí mismo que con la muerte de Vereker había desaparecido el principal incentivo. El gran autor todavía estaba allí para ser objeto de cualesquiera honores, pero ya no podía dar su sanción. ¿Quién, ay, sino él tenía autoridad?


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