La figura de la alfombra
La figura de la alfombra —El secreto de Vereker, querido amigo, la intención general de sus libros: la hebra en la que estaban enhebradas sus perlas, el tesoro enterrado, la figura de la alfombra.
Él empezó a ruborizarse: la intensidad de sus luces podía empezarse a medir:
—¿Había una intención general en los libros de Vereker?
Yo le miré fijamente a mi vez:
—¿No irá usted a decir que no lo sabía? —Por un momento pensé que jugaba conmigo—. La señora Deane lo sabía; se lo dijo directamente Corvick, que había logrado, después de unas pesquisas infinitas y para regocijo del propio Vereker, encontrar la boca de la cueva. ¿Dónde está la boca? Después de su matrimonio él se lo contó —y no lo hizo a nadie más— a la persona que, cuando las circunstancias volvieron a producirse, debió decírselo a usted. ¿Es posible que me haya equivocado al dar por sentado que ella le franqueó a usted, como uno de los más elevados privilegios de la relación en que usted se encontraba con ella, la entrada a los conocimientos de los que, tras la muerte de Corvick, ella era única depositaría? Todo lo que yo sé es que estos conocimientos son infinitamente preciosos, y lo que quiero que comprenda es que si usted, a su vez, me franquea el paso su amabilidad será algo por lo que le quedaré eternamente agradecido.